El alférez mayor.

Hace unos días hablábamos de las banderas de la ciudad de Guadalajara y de sus posibles colores. Hoy nos vamos a acercar a una figura que se encontraba íntimamente ligada a estas, ya que era su portador en los principales actos y conmemoraciones en las que participaba la ciudad, me estoy refiriendo al alférez.

En la Edad Media el abanderado era el que guiaba a las huestes en combate y la persona que la portaba era un alto representante del rey, que solía ser diestra y hábil; todos seguían y se fijaban en la enseña y por ella luchaban hasta que vencían o eran vencidos.

En el siglo XVI perdió parte de su original misión, al pasar a desempeñar otras tareas más propias del concejo municipal, del que formará parte, aunque seguirá vinculado con los aspectos militares de este. Así observamos que tras convertirse la compañía en una unidad militar más organizada y táctica, el alférez mayor pasó a ser el segundo en el mando, después del capitán; era el que se hacía cargo de las enseñas municipales y quien las llevaba en aquellos momentos de relevancia militar, como los desfiles o cuando se producían levas; en este caso, solían colocar las banderas en su domicilio o en un sitio bien visible y por ellos determinado, con el fin de que todo soldado las viese y pudiese localizar y acudir inmediatamente con su alférez en caso de alarma.

Su función como parte integrante del concejo viene establecida de manera clara en un memorial, recogido en las actas de 1558, donde se hace mención expresa a la creación del oficio de alférez mayor; hasta entonces el alférez era elegido por el ayuntamiento entre tres personas presentadas por el capitán. En este memorial se dice que cada vez que la ciudad sirviera al rey con gente de guerra o para cualquier efecto relacionado con un servicio a su majestad, que se nombre a esta persona ante la justicia y regimiento como alférez del lugar y tenga un salario y saque y lleve el pendón de la ciudad o villa cuando se alzare por los reyes y tenga los otros privilegios que tienen los alféreces. Asimismo, le otorgaba otros privilegios como el entrar en el regimiento y tener voz y voto y los mismos privilegios que los regidores. Por ello tendría asiento y lo haría por delante de los demás regidores, aunque fuesen más antiguos, llevando de salario cada mes lo mismo que el resto de regidores, dos mil maravedíes, aunque cuando se pusiese al frente de las gentes de guerra de la ciudad y su tierra percibiría un sueldo extra pagado por la ciudad y su partido.

Estas mismas funciones vienen recogidas en el correspondiente título real, en cuyo nombramiento se dice que actuará como un regidor más y tendrá las mismas “preeminencias y honrras y facultades que tienen y tuvieren los rregidores de la dicha çibdad (…) y que tengáis en el asiento y boto el mejor y más preeminente lugar del ante todos los rregidores aunque sean más antiguos, de manera que después de la justicia tengáis el primer boto y el mejor lugar…”. Asimismo, entre otras facultades se le concedían al alférez mayor aquellas que tenía hasta entonces el regidor más antiguo, como era que tuviese en su poder las llaves del arca de bienes comunes, de la fuente y de los archivos. Por otra parte, también en estos nombramientos se recogían sus obligaciones consistentes en que “saquéis y llebéis y alçeis el pendón de la dicha çibdad al tienpo que se alçare por los rreyes que después de nos subçedieren (…) y tengáis en buestro poder los atambores y banderas y pendones y otras ynsignias (…) y llebar y rregir la dicha gente y llevar con ella el pendón y bandera…”. El primero de estos nombramientos conocido recayó en Íñigo de Zúñiga, el 25 de diciembre de 1572, con carácter perpetuo; a este le sucedieron Juan de Guzmán, Rodrigo de Mendoza, Apóstol de Castilla, Luis de Castilla y Zúñiga, quien al renunciar, y por real cédula (Valladolid, 13 de abril de 1604) recibió este título de alférez mayor el conde de Saldaña, Diego Hurtado de Mendoza, con la facultad de entrar en el ayuntamiento con espada y daga; a este le sucedió Pedro de Alarcón y Sotomayor, pero sin la facultad del anterior. El siguiente en el cargo fue Juan Hurtado de Mendoza de la Vega y Luna, duque del Infantado, en 1608, con la misma facultad que el conde de Saldaña de poder entrar en el ayuntamiento con espada y daga quien, a su vez nombró a Pedro de Alarcón como su teniente de alférez (22 de octubre de 1609), etc.

 

Bibliografía:

MEJÍA ASENSIO, Ángel. “Los símbolos del poder municipal en la ciudad de Guadalajara en la Edad Moderna: sus banderas y pendones”. Actas XV Encuentro de Historiadores del Valle del Henares, Guadalajara, 2016.

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