Felicitación a la comunidad Marista

La conmemoración de un acontecimiento como el que nos ocupa, los doscientos años de la fundación Marista merece, al menos por mi parte, padre de cuatro alumnos que estudiaron en el colegio Marista de Guadalajara, de unas palabras de agradecimiento por la labor educativa que tanto los hermanos como los profesores llevaron a cabo con mis hijos preparándoles en esa doble vertiente marista, como hombres y como cristianos.

La comunidad marista si por algo se ha caracterizado a lo largo de estos doscientos años, desde que San Marcelino Champagnat la pusiera en marcha, allá por 1817, es por dar lo mejor de sí misma en aquellos lugares en los que ha estado presente llegando, incluso, a ofrecer su propia vida por aquellos hermanos entre los que desarrollaban su vida pastoral. Y un ejemplo de ello es el trabajo realizado en el colegio Marista de Guadalajara, desde que en 1961 abriera sus puertas a la sociedad alcarreña.

En esta ciudad la comunidad marista y su programa educativo y social, ha sido un ejemplo de cómo se pueden ir adaptando a los tiempos los nuevos “currículos”, sin perder su señas de identidad; cómo se puede ayudar a los jóvenes a partir de un ideario cristiano; y cómo se puede compaginar el estudio y la solidaridad con el más necesitado. El resultado ha sido una apertura de la comunidad marista a la sociedad en la que le ha tocado vivir, pero sin perder de vista el lema que inspiró a San Marcelino en relación a cómo actuar con los alumnos, a los que habría que ayudar “a aprender a conocer, a hacer, a vivir juntos, a ser”. Y como escuela católica que es, la comunidad se convierte, según la Comisión Internacional Marista de Educación (1995-98) en el lugar en el que “se vive y transmite la fe, la esperanza y el amor, y en el que los alumnos aprenden progresivamente a armonizar fe, cultura y vida”.

No podemos, por otra parte, comprender todo este trabajo, toda esta actividad en favor del educando, sin tener en cuenta un aspecto fundamental dentro de esta labor: la identificación y el amor que la comunidad marista ha manifestado y manifiesta siempre por la Buena Madre, la Virgen María; nada en este largo caminar se puede entender sin María, modelo y guía del Instituto Marista y sobre la que va a girar una forma de ser, de pensar y de vivir; sin ella no podríamos entender el primitivo nombre ni el origen de la congregación, que nació bajo la denominación de “Hermanitos de María”; ni el hecho de que sus fundamentos educativos se basen en el ejemplo de María, como persona y como miembro de una comunidad, su familia, en la que el mundo marista se quiere reflejar. Y este sentido de comunidad cristiana lo han llevado a cabo en la ciudad de Guadalajara a lo largo de los más de cincuenta años en los que llevan presentes en ella; así queda de manifiesto, no sólo en cuanto al hecho cuantitativo de que en sus aulas se han educado y enseñado a miles de jóvenes, sino en otros aspectos que tienen un calado más de tipo social, que el meramente educativo, aunque no sean ajenos a ello, y en los que han implicado a las familias, profesores y alumnos; me refiero a su participación en propuestas diversas, como en la organización no gubernamental SED, cuyos proyectos se extienden por gran parte de Hispanoamérica y permiten contar, a muchos niños de aquellas latitudes de la tierra, de la posibilidad de tener una educación, además de poder comer cada día.

Y qué decir de su profesorado, fiel al ideario Marista y siempre atento al desarrollo integral del alumno, como así se recoge en su Proyecto de Centro y que ha sabido adaptarse en todo momento a los cambios educativos vividos en nuestra sociedad y siempre permaneciendo fiel a su lema mariano de “todo a Jesús por María”.

Muchas gracias y muchas felicidades, en especial, a la comunidad Marista de Guadalajara y que sigáis cumpliendo muchos años más ofreciendo lo mejor de vosotros mismos a la sociedad en la que os toque vivir.

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