Gigantes y cabezudos, una tradición de siglos en Guadalajara

8 de septiembre de 2107

Hoy, 8 de septiembre de 2017, tendrá lugar en la Plaza Mayor de nuestra ciudad de Guadalajara la presentación de la comparsa de Gigantes y cabezudos, tras su restauración.

Los gigantes y cabezudos han sido desde tiempos inmemoriales uno de los personajes más representativos de nuestras fiestas junto con otros elementos festivos menores como las máscaras y las tarascas. La tradición nos muestra que en un principio iban muy ligados a las danzas que tenían lugar en el transcurso de estas procesiones, hasta el punto de que en algunas de ellas se exigía su presencia, al considerarlos como elementos fundamentales de su representación. Eran los momentos en los que estos personajes eran más conocidos como enanos, dada su baja altura, que como gigantes y solían ir acompañados de tamboril, a cuyos sones bailaban y corrían.

 

Su puesta en escena a lo largo de toda la Edad Moderna, siglos XVI y XVIII, tenía lugar durante las diferentes procesiones y pasacalles que se celebraban en Guadalajara, en especial durante la procesión del Corpus Cristi, actuando en los entreactos que quedaban libres tras la celebración de los oficios religiosos que a lo largo del recorrido se celebraban. Junto a estos comparsas iban unos ayudantes con una horquilla, siendo su función la de componer y reparar aquellos desperfectos que apareciesen en sus ropas.

 

Aunque es muy posible que los gigantes y cabezudos existiesen mucho antes del siglo XVI, sin embargo las primeras noticias documentales que tenemos se remontan a 1545, fecha en la que se guardaban en las salas del Ayuntamiento tres cabezas de gigantes, una de las cuales era la de un enano, tres vestidos de lienzo y una cabeza de San Cristóbal con un niño en el hombro, el famoso San Cristobalón, denominado así por lo desmesurado y grande que era su talla.

 

Desde esta fecha y hasta principios del siglo XVII, pocas noticias nos aportan al respecto las fuentes documentales examinadas, salvo su participación en las procesiones. Fue en ya 1614 , debido a las malas condiciones en las que se encontraban los gigantes y cabezudos anteriores, cuando fue preciso volver a hacer otros nuevos; en esta ocasión fueron construidos 4 gigantes y 2 enanos, siendo el encargado de llevarlo a cabo el maestro de danza Juan Navarro, que aunque nacido en Tarancón (Cuenca), desarrolló toda su actividad profesional en Guadalajara, tanto como maestro de danzas como pintor, tallista, carpintero, etc., (un verdadero hombre polifacético de la época, máxime en tiempos de crisis, como la que atravesaba la ciudad durante esos años).

 

Los cuatro gigantes representaban cada uno de ellos a un español y a una española y a un negro y a una negra, respectivamente, siendo las figuras de los dos enanos meras representaciones de lo que querían representar: un enano y una enana, sin otra nota diferencial digna de mención. Para la ejecución de los rostros se utilizaron vaciados de pasta, y fueron cocidos en pez griega. Como pintura se utilizó el óleo y se les dio un color encarnado al pulimento.

 

La altura de los gigantes era de catorce pies, unos cuatro metros, y tenían una armadura en la que se apoyaban los trajes muy resistente y muy bien trazada. Los vestidos y los faldones eran de bocacín de colores, guarnecidos a su vez con bocacines de colores diferentes. En cuanto a la altura de los enanos ésta se hizo a proporción de los gigantes.

 

 

Pocos años después, en 1631, según el historiador Manuel Rubio Fuentes, los gigantes fueron de nuevo reconstruidos, pasando a ser ahora una comparsa compuesta por seis personajes, entre hombres y mujeres, que al igual que en el caso anterior representaban a castellanos y a negros. En esta ocasión las mujeres llevaban moños y tocados negros; en cuanto a los hombres se caracterizaban por los típicos sombreros y valonas; los rostros y carnes de unos y otros eran los naturales. Las ropas que llevaban eran las típicas de Castilla; por su parte los negros debían ir vestidos según acostumbraban a vestir en su lugar de origen. Los tejidos de estos trajes era el típico bocacín de colores, guarnecidos con plata falsa; las sayas de las mujeres tendrían una circunferencia unos ocho metros y medio.

 

En 1719, se construyeron cuatro gigantes nuevos con motivo de la celebración de las fiestas del Corpus Cristi de ese año. Fue Juan de la Peña quien, en Madrid, contrató con el madrileño Francisco Gondoño, la ejecución de estos cuatro gigantes por un valor total de 1.400 reales, cantidad resultante de multiplicar 350 reales, precio de cada uno de ellos, por cuatro, obligándose éste a adornarlos con pendientes, collares, espadas y coronas. Aunque no especifica qué personajes componían el grupo, sí nos ofrece un completo presupuesto sobre los tejidos y materiales que incorporaban en su construcción y cuyo valor se añadió al gasto de la ejecución de los gigantes. Los tejidos y materiales utilizados fueron los siguientes:

 

. 200 varas de holandillas de color azul, por 1.000 reales.

. 110 varas de Angulema para forrar los vestidos, por 495 reales.

. 36 varas de bocadillo bocadillos para los vuelos, por 180 reales.

. 48 varas de lienzo blanco para los costados de la guarnición de los vestidos, por 2490 reales.

. 50 varas de encajes blancos entrefinos para escotes y guarnición de as mangas, por 200 reales.

. 30 varas de Colonia de Toledo encarnada para lazos en los vuelos y escotes , por 30 reales.

. 410 varas de lienzo y de holandillas para la guarnición de los vestidos, por 289 reales y un cuartillo.

. 15 varas de listón para los pendientes y collares, por 9 reales y 3 cuartillos.

. Por la confección de los cuatro vestidos guarnecidos, 360 reales.

 

A este presupuesto hubo que añadir otras cantidades menores, derivadas de los gastos originados por el transporte que supuso traerlos desde Madrid hasta Guadalajara, por los refrescos que se les dieron a los oficiales que vinieron a terminarlos, por los cajones en los que se trajeron metidos, para pagar a los transportistas, etc. Todo ello acarreó unos gastos añadidos de 110 reales, que unidos a los 60 reales que se pagaron al sastre que vino de Madrid a vestirlos, elevó la cantidad final pagada por el Ayuntamiento alcarreño a los 4.404 reales.

 

Por último, en este breve repaso histórico de estos singulares personajes quiero terminar con un último apunte. Se trata de la reparación que en 1732 llevó a cabo el pintor José Navarro, quien se ocupó de retocarlos y de encarnarlos de nuevo, porque presentaban signos evidentes de deterioro.

 

Como se puede apreciar los gigantes y cabezudos, como elementos procesionales y festivos, cuentan en Guadalajara con una amplia tradición de varios siglos de historia, no exentos de problemas, pero a los que han sabido sobreponerse, para seguir hoy en día con sus portes altivos y erguidos alegrando la vista de grandes y pequeños.

Ángel Mejía Asensio

 

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