San Sebastián: advocación y cofradía en Guadalajara (I).

El día 20 de enero se celebra la festividad de uno de los primeros santos cristianos, San Sebastián, muerto a finales del siglo III y que tuvo en nuestra ciudad de Guadalajara y provincia una gran devoción popular durante la Edad Media y Edad Moderna.

La relación de este santo con la ciudad de Guadalajara es muy poco conocida. Sabemos, por ejemplo, que era uno de los santos cuya festividad era más celebrada en la ciudad, ya en el siglo XVI; a él se encomendaban pidiendo su intercesión, por ejemplo, sus habitantes en momentos en los que la peste o cualquier otra enfermedad contagiosa ponía en grave peligro la vida de sus vecinos; no en balde era uno de los santos, junto a San Roque, a cuya intercesión acudían los hombres y mujeres, desde la Edad Media, cada vez que llegaba hasta sus ciudades o aldeas, una de estas pestilencias tan atroces con las que ese tiempo estuvo marcado.

Es por esta razón que nos inclinamos a creer que esta ligazón se remonta hasta los siglos XIII o XIV, fecha en la que este santo era el objeto de intercesión de muchos vecinos de las localidades vecinas; por ejemplo, se levantaron ermitas a San Sebastián en Alovera, Cabanillas, Horche, Malaguilla, Pastrana, Yebra o Yebes (entre las localidades más próximas a Guadalajara). Más clara y documentada es la intercesión del santo, en 1599, fecha en la que tanto Castilla como otras regiones españolas sufrieron el azote de la peste; es este el momento en el que los habitantes de Guadalajara, buscaron la intercesión de San Sebastián. Y, según se desprende por lo sucedido en la ciudad, ésta debió de ser muy efectiva, pues sus vecinos no sufrieron los devastadores efectos que padecieron otros pueblos de los alrededores, como Chiloeches. Ese año y en agradecimiento por ser una de las ciudades más sanas de España, el Concejo ordenaba que se hiciese una procesión que fuese desde la ermita de San Sebastián con su titular a la cabeza, hasta la ermita de San Roque (otro de los santos emblemáticos de la ciudad) para, a continuación, los dos juntos, en procesión ser llevados hasta la iglesia acompañados por el cabildo de clérigos y órdenes de frailes con chirimías, trompetas y atabales.

Se conoce, asimismo, que en Guadalajara había una cofradía cuya advocación era la de San Sebastián; y como en el caso anterior son pocos los datos que disponemos sobre ella, aunque sí los suficientes para darnos cuenta de la trascendencia e importancia que tenía para esta ciudad, en especial, para los considerados como los más notables de ella; al parecer esta cofradía estaba integrada por los caballeros de Guadalajara. Estos cofrades celebraban esta festividad por todo lo alto, como correspondía a un santo de gran calado entre los cristianos desde la Edad Media. La celebración religiosa, recordaba el voto que, desde hacía varios siglos, se había ofrecido al santo, con vísperas (la tarde anterior de la celebración) y misa por la mañana, el día de su festividad, 20 de enero. Tanto en uno como en otro caso los rezos eran amenizados con trompetas; lo que nos ace pensar que debía de ser una fiesta con cierta importancia. Más si tenemos en cuenta que a finales del siglo XVI, los caballeros, principales impulsores de esta fiesta, la celebraban con una corrida de cuatro toros, pagada por el Ayuntamiento.

De aquellos años finales del siglo XVI, tenemos constancia escrita de que la iglesia de San Sebastián, sirvió como lugar de reunión para los cofrades del cabildo de los Desamparados, aunque luego trasladaron sus reuniones a San Nicolás.

Pero, sin duda alguna, los festejos de mayor calado social tuvieron lugar en septiembre de 1599, cuando la peste que se padecía en Guadalajara (aunque en menor escala que en sus alrededores) desapareció; esta situación dio lugar a un claro deseo de disfrute de la vida y agradecimiento a los santos a los que se había encomendado la ciudad, San Roque y San Sebastián. Las imágenes de ambos santos fueron trasladadas en procesión desde sus respectivas ermitas, con la clara intención de que intercediesen por el vecindario, ante la grave pestilencia que se avecinaba; así, una vez superada la epidemia el Concejo no dudó en ofrecer a los vecinos una corrida de toros.

Después de esta fecha apenas si disponemos de noticias relacionadas con esta cofradía, parece ser que este santo fue perdiendo protagonismo, al mismo tiempo que su ermita; creemos que esta pérdida de peso dentro de Guadalajara se debe a su incorporación a las posesiones de los Solís de Magaña, que la convertirían en su oratorio o capilla particular, dejando de funcionar como tal ermita para el resto de vecinos; aunque es muy posible que no llegase a perder del todo este significado, pues tanto Francisco de Torres como Núñez de Castro (que copia al anterior) hablan de ella y de su cofradía, a principios del siglo XVII, en unos términos ciertamente elogiosos; así lo relatan ambos:

“Tiene una buena Cofradía, y allí acuden en su día a hazerle fiesta y procession. Es Patron de la Capilla don Alonso de Pie de Concha y Quevedo, hijo de don Bernardino de Concha y Quevedo, Cavallero del Hábito de Santiago y Teniente de Alferez mayor desta ciudad”.

El traspaso de la propiedad del palacio y de la ermita a los condes de la Vega del Pozo, significó una toma de conciencia para esta familia, que además de reformarla, la pusieron a disposición de los vecinos de Guadalajara, quienes a principios del siglo XX la veían como uno de los templos mejores de la ciudad.

También, la fiesta de San Sebastián fue celebrada por la familia con grandes festejos, completados con abundantes viandas. En una de las Cartas de Santa María Micaela se recogen los preparativos para esta fiesta; en ella mandaba traer “seis docenas de pasteles de dulce y seis de carne, y jamón cocido cuatro libras y salchichón (…), y unas botellas de vino generoso Jerez, Málaga, y una de licor, y una libra de manteca de Flandes”.

En lo que respecta al culto, la ermita funcionó, prácticamente, como una iglesia más dentro de la ciudad, hasta la llegada de la Guerra Civil; luego perdió todo uso. Con la compra que se llevó a cabo de todo el complejo, por parte del Instituto Marista, la ermita se convirtió en la capilla del colegio y, en ocasiones especiales, se ha utilizado como salón de actos.

Bibliografía:

MEJÍA ASENSIO, Ángel. Cincuenta años de presencia marista en Guadalajara (1961-2011), Guadalajara, 2011.

 

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