Los vecinos de Cabanillas han celebrado, un año más, la fiesta de su santo patrón, San Blas, con todo tipo de actos religiosos y profanos. Esta festividad que se adentra en el túnel del tiempo nos ha deparado este año sorpresas muy interesantes y que le han dado un carácter más especial, si cabe, a su celebración.
Como es costumbre el día 3 de febrero, fecha en la que fue martirizado este santo obispo (siglo IV), médico de profesión, considerado como el patrono de las enfermedades relacionadas con la garganta, del oído y de la laringe, se celebró su procesión que transcurrió por varias calles de la localidad y su posterior misa mayor, con gran asistencia de público. Terminada la misa, autoridades y vecinos, fuimos obsequiados en las puertas del Centro Cultural con la tradicional limonada y bollo.
Permitidme que aproveche este momento festivo para poner al día una de nuestras tradiciones más queridas, la botarga. En primer lugar, tenemos que referirnos a un hecho que afecta directamente a Cabanillas del Campo, como fue la presentación de un nuevo personaje, El Campana, que se viene a unir al que ya apareciera el año pasado, El Botarga. Se le conoce como “El Campana” porque es el portador de una campana con la que va avisando a todos de su presencia. De esta manera, la nueva botarga de Cabanillas, entra a formar parte de ese elenco, cada vez mayor, de botargas existentes en nuestra provincia.
Esta puesta de largo, por así decirlo, de la botarga de Cabanillas del Campo se vio arropada y potenciada con un evento provincial de gran calado, la celebración del “I Encuentro Provincial de Botargas”, el 4 de febrero, con el que se quiso apoyar no solo a la nueva botarga de Cabanillas , sino que además se trataba de reivindicar y de poner en valor una parte de la cultura popular provincial, que suponen estos personajes que se recogen bajo el genérico nombre de botargas. A este encuentro acudieron las botargas de Cabanillas, Fuencemillán, Guadalajara, Humanes, Mazuecos, Majaelrayo, Robledillo de Mohernando, Romanones y Salmerón.
Y aunque sea de forma muy breve nos gustaría hacer una pequeña incursión en ese mágico mundo y explicar a todos nuestros lectores un poco sobre el significado de estas botargas, a las que desde la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha se está apoyando para que se las considere como Bien Inmaterial de la Humanidad.
Hablar de botargas es hacerlo sobre unos personajes mágicos, a veces entrañables y, a veces, diabólicos; de personajes vestidos con ropajes de diferentes colores y tejidos; adornados con todo tipo de abalorios, como campanillas, cachiporras, cuernos, máscaras, etc., con los que pretenden producir miedo, temor o, también, una sonrisa. Son personajes irrespetuosos, irreverentes con todo y con todos; nacieron para incordiar a todo aquello que normalizaba sus vidas y que podemos relacionar con cuestiones religiosas, sociales y, porqué no, también, políticas.
Son personajes que realizan todo tipo de travesuras, refugiándose en ese anonimato que les dan las máscaras y los trajes multicolores que llevan; así asustan, golpean, corren por todo el pueblo persiguiendo a grandes y pequeños e, incluso, si encuentran la ocasión propicia, entran en las casas de los vecinos para llevarse todo lo que encuentren en ella, especialmente, comida.
Ante el mero sonido de sus campanillas o de su campana, como los que llevan nuestros personajes de la botarga de Cabanillas, El Botarga y El Campana, los vecinos ya se ponen en alerta y cierran puertas, balcones y ventanas para evitar que, en ellas, entre el botarga.
Algunas botargas, bajo una apariencia aparentemente amable, suelen repartir todo tipo de golpes e improperios. Como la que con un sencillo cántico te engaña y golpea si no haces lo que ellos consideran como correcto: “Alhiguí, alhiguí con la mano no, con la boca sí”, en la que te ofrecen un higo colgado de una cuerda para que tu lo cojas con la boca, mientras que te golpea si utilizas las manos para cogerlo.
Otras, como los vaquillones o los que llevan máscara en forma de cabeza de diablo, están pensadas para provocar temor en todos aquellos con los que se cruzan. En otras ocasiones los botargas saltan y brincan en torno al santo, al que le lanzan todo tipo de improperios, que terminan cuando el santo entra en la iglesia. Otras, en cambio, se limitan a ensuciar a los vecinos ya sea con chocolate o con cenizas.
En definitiva, podemos decir que la botarga y los botargas, en todas sus formas y expresiones, se convierten durante unos días en una manifestación pública frente a todo aquello que se considera normativo, correcto, educado, criticándolo con sus irreverencias y groserías o molestando a los vecinos con golpes y estridencias. Pero todo ello bajo una máscara y unos trajes que les permiten actuar así bajo un cierto anonimato. Es la eterna lucha entre el bien y el mal, entre los demonios y los ángeles; entre lo religioso y lo profano; que nacieron y se expandieron en el período que iba desde enero hasta los carnavales, como una licencia previa a la austeridad y penitencia que suponía el tiempo de Cuaresma, que se iniciaba el miércoles de ceniza.
Es, sin duda alguna, la botarga, una tradición ancestral que ha llegado hasta nosotros y que a nosotros nos toca ahora conservar y darle visibilidad para que grandes y pequeños sigamos disfrutándola.
